Asistir a psicoanálisis ¿es cosa de “locos”?

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Asistir a psicoanálisis ¿es cosa de “locos”?

Buscar tratamiento psicoanalítico cuando tenemos un conflicto emocional es tan normal como ir a un doctor cuando se tiene cualquier malestar físico, o ir al dentista para tapar una carie. Sin embargo, un gran porcentaje de la sociedad, cree que asistir a psicoanálisis (o cualquier otro tipo de psicoterapia) es una opción para quien está “loco”.

Vayamos dejando claro que el psicoanálisis no es un tratamiento para “locos”.

De hecho, quien toma la decisión de emprender un tratamiento psicoanalítico requiere de bastante cordura para responder del modo más lógico ante un malestar, buscar ayuda. No sólo es cuestión de sentido común. Para que el tratamiento sea posible se requiere que la persona que lo inicia tenga tanto la disposición, como la capacidad para realizar una profunda introspección en sí misma, se necesita fuerza para confrontar los propios deseos y fantasías inconscientes sin colapsarse.

Quien ha estado en psicoanálisis, y conoce cómo es la vivencia que se tiene dentro del tratamiento, sabe que además se requiere tener desarrollada la tolerancia a la frustración. También requiere de inteligencia para poder comprender el funcionamiento psíquico de uno mismo a través de las sesiones, lo cual desarrolla una sofisticación emocional. Todas las anteriores características se encuentran lejos de lo que suele llamarse “locura”.

¿Qué es lo que se entiende por “locura”?

La sociedad ha catalogado como “locura” toda acción o funcionamiento que se aparta de las normas estandarizadas por esta misma, lo que nos da a entender que para la sociedad un “loco” es la persona con problemas de adaptación a su medio ambiente. También suele pensarse que un “loco” es aquel que distorsiona la realidad, y/o que es una amenaza para sí mismo, para su medio social y familiar.

A grandes rasgos,  desde la teoría psicoanalítica, los padecimientos mentales pueden ser ubicados dentro de dos grupos: neurosis y psicosis. Es esta última la que mejor representa los síntomas con los que se asocia la “locura”.

La psicosis engloba varias características de padecimientos psicológicos, los cuales se caracterizan por la incapacidad de ubicarse dentro de los parámetros de la realidad, y muchas veces se acompaña de la presencia de alucinaciones y delirios. Estas fallas en el juicio de la realidad, sumadas a la dificultad del control de impulsos, generan dificultades en el sujeto con alguna psicosis para manejar sus relaciones interpersonales y para adaptarse de una manera funcional en su medio ambiente.

Aún en estos casos, la psicoterapia y el psicoanálisis pueden ayudar en gran medida a estos pacientes. Usualmente se trabaja de forma combinada con psiquiatras y otros profesionales de la salud. Uno de los parámetros que se considera para evaluar el pronóstico de un tratamiento (qué tanto éxito puede anticiparse de un tratamiento) es si el paciente buscó la ayuda por reconocer la presencia de un conflicto. En estos casos, el pronóstico suele ser mucho más favorable que en los casos en que ni siquiera hay una consciencia del padecimiento propio.

Ahora bien, considerando los aportes de la teoría psicoanalítica, la neurosis resulta de la dificultad que tenemos las personas para manejar los conflictos inconscientes. El Yo (una de las estructuras psíquicas de acuerdo con Freud) suele ser capaz de resolver los conflictos internos que surgen cuando hay contradicciones entre nuestros deseos, las posibilidades de acción sobre la realidad, y los ideales y normas que tenemos incorporadas de la sociedad. Cuando nos vemos rebasados por cualquier motivo, esto desencadena otras respuestas (síntomas) que se manifiestan tanto en el estado emocional como en el estado físico del sujeto.  Ejemplos de esto pueden ser fobias, ansiedad, pensamientos obsesivos, la compulsión a realizar rituales, entre otros.

¿Qué genera los malestares emocionales en una persona?

Freud sostiene que el ser humano viene a este mundo en una condición de desamparo al nacer. Como sabemos, el sujeto recién nacido depende en su totalidad de otros para sobrevivir, le pesa la realidad y está destinado a toparse con la incapacidad de satisfacer sus deseos inconscientes más primarios. Es a través de su herencia genética, experiencia de vida y la relación que los demás establecen con él, que poco a poco va formando un modelo de cómo funciona el mundo.

Los malestares emocionales no son consecuencia de un solo factor, sino que son varios los factores que contribuyen al malestar emocional del sujeto, ya sea individualmente o en conjunto. Estos factores son los siguientes:

  • Condiciones congénitas: Se toma en cuenta el temperamento, que es la disposición emocional con la que nacemos, e incluye los factores genéticos con que llegamos al mundo (por ejemplo nuestro potencial de inteligencia), y enfermedades que se presentan en los primeros meses de vida del sujeto.
  • Condiciones emocionales: En este punto es importante destacar las fallas existentes en la relación afectiva del sujeto con sus padres durante su formación infantil y adolescente. Por diversas situaciones estas primeras relaciones pueden resultar ineficientes para aportar calidez, seguridad y la estabilidad necesaria para que el sujeto se desarrolle en el transcurso de su vida con un buen nivel de confianza en sí mismo, y en la vida. Cuando sí existen dichas relaciones, permite que a la persona le sea más fácil desarrollar una personalidad con mayor facilidad de apertura a los vínculos con otras personas.
  • Condiciones desafortunadas en la vida: Este punto se refiere a los sucesos que acontecen en la vida cotidiana de las personas, como pueden ser separaciones, accidentes, pérdidas tempranas de figuras significativas para el sujeto, traumas, y en general todo tipo de frustraciones y decepciones en su vida que aumentan la presión sobre la psique.

Desde este punto vista es claro que lo que provoca sufrimiento emocional, tristeza, dolor, ansiedad y un sin fin de problemas emocionales y existenciales a lo largo de nuestra vida, se presenta de una manera distinta en cada persona. Esto hace que nuestros sentimientos y reacciones frente a las vivencias sean únicos e irrepetibles hasta cierto punto, es decir que todos seamos en parte “desadaptados” y “locos” en un modo particular según nuestras propias características y vivencias.

Esto nos lleva a reforzar la idea de que el psicoanálisis no es para “locos”. Cualquiera puede presentar malestar emocional o mental por muy diversos motivos. Lo que resulta una “locura” es pensar que se deba llegar a los extremos del padecimiento para que alguien asista a terapia psicoanalítica.

*Artículo escrito en colaboración con Sebastián Whitfeld con base en el libro “Mitos del Diván”.


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