Género

La violencia contra las mujeres

By March 10, 2020 No Comments

La violencia contra las mujeres: Una mirada antropológica

Los datos en México 2020

Mujeres asesinadas

De acuerdo con datos de la ONU, en México mueren entre 9 y 10 mujeres cada día víctimas de un asesinato. Además entre 2015 y agosto de 2019 se han registrado 3,578 feminicidios en el país, siendo Veracruz y el Estado de México las entidades en las que se presentan en mayor número.

Violencia sexual

La violencia que se registra contra las mujeres no sólo las mata, sino que también se expresa en violencia sexual. En 2017 hubo una tasa de 2,733 delitos sexuales por cada 100,000 mujeres, un aumento de más del 50% respecto al año previo.

Violencia de pareja

Además, para contextualizar mejor las cifras, la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) 2016 arrojó que el 43% de las mujeres ha sufrido algún tipo de violencia en su relación de pareja más reciente o actual. Además dentro del grupo de mujeres que reportaron haber sido víctimas de violencia por parte de sus parejas el 64% se clasifica como Severa o Muy Severa por las consecuencias físicas y emocionales.

 

¿Qué es el feminicidio?

No todo asesinato de una mujer tiene el carácter de feminicidio puesto que no todos los casos se relacionan con la violencia de género que implica el feminicidio. Por ejemplo, si una mujer es asesinada en consecuencia de un asalto o por un ajuste de cuentas entre bandas del crimen organizado no se trata de un feminicidio.

Código Penal Federal de México

En nuestro Código Penal Federal el feminicidio se encuentra tipificado en el artículo 325, el cual establece lo siguiente:

“Comete el delito de feminicidio quien prive de la vida a una mujer por razones de género. Se considera que existen razones de género cuando concurra alguna de las siguientes circunstancias:

 

  1. La víctima presente signos de violencia sexual de cualquier tipo.
  2. A la víctima se le hayan infligido lesiones o mutilaciones infamantes o degradantes, previas o posteriores a la privación de la vida o actos de necrofilia.
  3. Existan antecedentes o datos de cualquier tipo de violencia en el ámbito familiar, laboral o escolar, del sujeto activo en contra de la víctima.
  4. Haya existido entre el activo y la víctima una relación sentimental, afectiva o de confianza.
  5. Existan datos que establezcan que hubo amenazas relacionadas con el hecho delictuoso, acoso o lesiones del sujeto activo en contra de la víctima.
  6. La víctima haya sido incomunicada, cualquiera que sea el tiempo previo a la privación de la vida.
  7. El cuerpo de la víctima sea expuesto o exhibido en un lugar público.”

Feminicidio como expresión máxima de la violencia de género

El feminicidio es un término que acuñó Marcela Lagarde en 1994 para hacer referencia al grado más grave de violencia de género que implica la muerte violenta de mujeres por razones asociadas al hecho de ser mujeres. Es decir, la motivación del feminicidio es el odio y discriminación a las mujeres

“El feminicidio es una ínfima parte visible de la violencia contra niñas y mujeres, sucede como culminación de una situación caracterizada por la violación reiterada y sistemática de los derechos humanos de las mujeres. Su común denominador es el género: niñas y mujeres son violentadas con crueldad por el solo hecho de ser mujeres…” (Lagarde, 2005)

 

La perspectiva antropológica: Rita Segato

Rita Segato es una antropóloga argentina quien comenzó a involucrarse en el tema de la violencia contra la mujer en 1993 por solicitud de la Policía MIlitar de Brasilia. Un Coronel quería entender qué había detonado el aumento en los casos de violaciones y agresiones contra mujeres en la localidad, así que en su rol de antropóloga se le dio acceso a la prisión para poder entrevistarse con presos por violación en la cárcel de Brasil. 

La idea preconcebida sobre las razones que motivaron la violación que Rita esperaba escuchar giraban en torno a la búsqueda de satisfacción sexual. Se sorprendió de que los mismos presos mostraron dificultad para entender su “acto” al ser confrontados y cuestionados sobre sus motivaciones. Las respuestas eran más o menos así:

“Yo tenía una esposa, tenía varias novias, con mis amigos iba al burdel los viernes a la noche. Entonces, si no tenía necesidad de una mujer, ¿por qué violé?” (Segato, 2018)

Si la violación no se trata del “robo” de un servicio sexual que satisfacería una necesidad del violador, entonces debemos pensarla de otro modo. Rita insiste en varias de sus obras que para descifrar la violencia que implica un acto como la violación hay que entender la violencia como un enunciado, destacando su dimensión expresiva por encima de la instrumental. Es decir que no tiene un fin meramente material (en este caso sexual), sino que es un acto que quiere decir algo a alguien. (Segato, 2018)

¿Qué dice la violación y a quién?

El mensaje de la expresión de violencia se comprende a nivel práctico y comunitario, es decir que funciona a nivel de las costumbres y modos de funcionar de cierto grupo social  aunque no pasa necesariamente por el análisis intelectual de quienes integran la comunidad. 

Por ejemplo, las mujeres cuidan el modo en que visten para no ser molestadas en la calle, lo han aprendido a través de la experiencia. ¿Está bien cuidar su vestimenta para no “provocar” miradas lascivas (en el mejor de los casos)? Seguramente no, pero más allá del análisis de dicha situación, el mensaje de la agresión sexual tiene un efecto en la práctica cotidiana. 

Quizá lo más interesante del planteamiento de Rita Segato es la descripción de los destinatarios del acto de violencia, es decir qué oídos reciben dicho mensaje,  en este caso del acto de la violación. Por una parte la violación remite a la relación entre el violador y su víctima, como si reafirmara la posición de poder del primero sobre el segundo. 

Este planteamiento no es novedoso, los estudios clásicos al respecto han hecho evidente que la violación produce una dinámica de desigualdad entre el agresor y su víctima. Dicho sometimiento y apropiación del cuerpo del otro es una de las expresiones de la violencia de género pues aunque hay hombres y niños que también sufren de violaciones (víctimas), la proporción de violadores (agresores) es muchísimo más alta en hombres que en mujeres. 

Lo novedoso del planteamiento de Rita Segato es que el acto de violencia (incluyendo el de la violación), emite un mensaje cuyos destinatarios principales son otros hombres, los pares del agresor ante quienes tiene que validar constantemente su masculinidad, su “condición de hombre”. 

“…lo que mi modelo le agrega o lo que modifica en la concepción clásica del feminismo, pues retira la centralidad de la relación agresor-víctima y la transfiere a la relación agresor-pares, colocando a los otros hombres como los interlocutores privilegiados en el circuito de interacciones que resultan en el acto de violación.” (Segato, 2018)

De este modo, la antropóloga cambia la perspectiva sobre cuál es el núcleo de la violencia de género. Si bien sigue siendo importante la relación hombre-mujer, la relación de género, la relación agresor-agredido, lo central en su estudio del tema es la relación agresor-pares, la hermandad masculina. De la relación entre pares surge lo que ella denomina mandato de masculinidad.

El mandato de masculinidad

Para comprender la idea de Rita Segato es importante señalar la distinción entre el sexo biológico del hombre y la mujer respecto al género masculino y femenino. Estos últimos  que tienen un carácter más bien simbólico, es decir que tiene un significado, un valor atribuido por un grupo en determinado periodo histórico. Así, la masculinidad define la forma en la que se es hombre, y en nuestra cultura demanda de una comprobación constante.

Ser hombre, ser masculino significa en el contexto de la sociedades occidentales poscoloniales ser potente, arriesgado, fuerte y poco empático hacia los sentimientos de otros y especialmente hacia los propios. Significa mostrar que se tiene la “piel gruesa”. Reducir, si no abolir, la vulnerabilidad propia que frecuentemente llamamos compasión. 

Y lo terrible, desde la perspectiva de Rita Segato es que ser hombre, un “verdadero hombre”, tiene que probarse continuamente especialmente frente a los otros miembros del “club”, los otros hombres, los pares. 

“El mandato de masculinidad exige al hombre probarse hombre todo el tiempo; porque la masculinidad, a diferencia de la femineidad, es un estatus, una jerarquía de prestigio, se adquiere como un título y se debe renovar y comprobar su vigencia como tal.” (Segato, 2018)

La matriz de la violencia

El acto de violencia de género gira en torno a dos ejes que se retroalimentan: uno vertical (de dominación) y otro horizontal (de pares). El primero describe la relación del agresor con su víctima. Este eje se puede observar, por ejemplo en la posición de privilegio que ha ocupado el hombre respecto a la mujer en la esfera pública del trabajo, o en la diferencia de criterios que existe para calificar la conducta sexual de uno y otra. 

Ya establecimos que el acto de violencia de género manda un mensaje. Desde la perspectiva del eje vertical en la violencia de género, el mensaje que se manda a la víctima es la de establecer su dominio sobre ella. Lo terrible es que no sólo se trata del dominio físico, sino también simbólico.

Por ejemplo, la violación puede entenderse como un “acto moralizador” que pretende imponer la escala de valores del agresor sobre el de su víctima, quien es castigada por ser una “mala mujer”. Así, las justificaciones que pretenden darse ante actos de violencia de género son  evidencia el eje vertical, el de la dominación, que en estos casos pretende que las mujeres se adapten a la moral patriarcal hegemónica: “seguramente se lo buscó”, “llevaba una falda muy corta”, “estaba borracha y salió de noche”.

“De modo que su acto con relación a la víctima es una represalia. El hombre que responde y obedece al mandato de masculinidad se instala en el pedestal de la ley y se atribuye el derecho de punir a la mujer a quien atribuye desacato o desvío moral. Por eso afirmo que el violador es un moralizador.” (Segato, 2018)

Por otro lado, en el eje horizontal, se pone en juego la dinámica de la “cofradía masculina”, es decir, a la relación entre pares, entre los hombres. Segato describe dos características fundamentales de dicha dinámica de interacción, que compara con el funcionamiento de una corporación en términos sociológicos: 1) la fidelidad y lealtad entre sus miembros como valor central del grupo, y 2) que es internamente jerárquica. 

Esto se expresa en que los hombres somos las primeras víctimas del “mandato de masculinidad” que se nos impone en nuestra formación como personas. Hay una violencia de género que es intra-género. Los hombres que son jerárquicamente “más hombres” violentan a los que no lo son tanto, este fenómeno hoy lo denominamos bullying. Y no se vale chillar, al menos que se quiera correr el riesgo de ser expulsados o disminuidos a “maricones” en la jerarquía entre pares. 

No podemos llorar, no podemos tener miedo, no podemos ser sensibles, y un largo etcétera. Pero tampoco podemos pensar diferente, vestir diferente, desear que las relaciones de poder se articulen de modo diferente porque implica una deslealtad a ser hombre ¿cómo vas a preferir el rosa sobre el azul? 

“…la violencia contra las mujeres se deriva de la violencia entre hombres, de las formas de coacción que sufren para que no se esquiven de la lealtad a la corporación, a su mandato, a su estructura jerárquica, a su repertorio de exigencias y probaciones, y a la emulación de una modelización de lo masculino encamada por sus miembros paradigmáticos.” (Segato, 2018)

Desmontando el mandato de masculinidad

El análisis que Rita Segato hace de la situación de violencia de género me parece particularmente rico porque pone en el centro de la cuestión la socialización de la masculinidad. Es cierto que la violencia no sólo afecta a las mujeres, sino que principalmente afecta a los hombres, y también es cierto que somos los mismos hombres quienes ejercemos dicha violencia contra todos, ¡vaya indicio para buscar soluciones!

¿Cómo podemos responder los hombres ante el altísimo índice de violencia que existe en México? Rita responde lo siguiente: 

“…desmontar el mandato de masculinidad, sin que ni de lejos esto signifique desaparecer a los hombres, es la solución para una serie muy grande de tormentos que sufre nuestro tiempo.” (Segato, 2018)

¿Qué quiere decir desmontar el mandato de masculinidad? Quiere decir replantearnos lo que significa ser hombres, romper el pacto entre pares y señalar aquellas supuestas verdades naturales que se nos pretenden imponer al construir nuestra masculinidad. 

Por ejemplo, “yo sí me rifo un tiro por una morra aunque no la conozca”, “amiga, si me pides ayuda yo te puedo proteger” son algunas de las frases que he visto y leído de muchos hombres frente a la ola de noticias sobre feminicidios y violaciones de las fechas recientes. 

Considero que son frases que fueron escritas y publicadas con una buena intención, sin embargo responder de este modo perpetúa la matriz de violencia de la que hablamos, pues por un lado (eje vertical) sigue enviando el mensaje de que el hombre domina/protege a la mujer, y por el otro (eje horizontal) responde al mandato de masculinidad en términos de que como hombre “hay que rifarse un tiro” o ser violento.

“…los hombres deben entrar en las luchas contra el patriarcado, pero que no deben hacerlo por nosotras y para protegemos del sufrimiento que la violencia de género nos inflige, sino por ellos mismos, para librarse del mandato de masculinidad, que los lleva a la muerte prematura en muchos casos y a una dolorosa secuencia de probaciones de por vida.” (Segato, 2018)

¿Qué tipo de hombre quiero ser? ¿Cómo puedo vivir mi masculinidad sin que restrinja mi identidad ni mi bienestar? Estas son las preguntas que podemos hacernos. Podemos cuestionar lo que nos han enseñado que implica ser un hombre sin que ello nos desvirtúe o reduzca nuestro valor. Podemos explorar nuestra vulnerabilidad, desear y pedir ser protegidos, querer y desear ser queridos sin que ninguna de las anteriores opciones implique ser menos, como si ello significara una rebaja en nuestro valor como persona. 

Podemos repensar el sistema de explotación en que vivimos porque este se ha engendrado desde una perspectiva patriarcal que resta valor a lo subjetivo, a lo interior, en favor de la productividad, de la eficiencia y del capital. Podemos reflexionar sobre nuestro propio machismo introyectado a través de años y años de educación y socialización, y de generaciones y generaciones de tradiciones que parece que viven en nuestras venas.

Podemos, y una vez que lo entendemos, debemos mantener una lucha constante contra el mandato de masculinidad que pretende limitar nuestra identidad. No hay un modo de ser hombre, y rebelarnos para librarnos de ese mandato posiblemente nos permita hacer frente a la violencia de género de la que también somos víctimas.