Posmodernidad y Psicoanálisis

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POSMODERNIDAD Y PSICOANÁLISIS

Psicoanálisis del futuro, hoy.

POSMODERNIDAD Y PSICOANÁLISIS

Hablar del psicoanálisis en singular es algo que se ha vuelto imposible en la actualidad, de hecho referirse a definiciones unívocas sobre cualquier término en general resulta insostenible. En el caso de nuestro campo esto se expresa a través de la diversidad de versiones y perspectivas que se definen como psicoanalíticas, y para cuya clasificación dejaron de bastar – desde hace algunas décadas – los términos “freudiano”, “no freudiano”, “kleiniano”, “lacaniano”, etc.

Que actualmente exista una mayor diversidad de autores y corrientes psicoanalíticas tiene lógica y sentido considerando que el psicoanálisis tiene más de 100 años de desarrollo. La continua investigación teórico/clínica que han realizado muchos psicoanalistas, contemporáneos y posteriores a Freud, ha permitido ampliar y profundizar nuestra comprensión sobre los fenómenos inconscientes y esto es prueba de que el psicoanálisis, que ha influido profundamente en la cultura en la que nos desenvolvemos, sigue siendo una disciplina viva.

Sin duda que el desarrollo de teorías psicoanalíticas que brindan nuevos ángulos desde los cuales comprender lo inconsciente tiene grandes ventajas. Si se les sigue de cerca, muchas de estas perspectivas develan y profundizan facetas de nuestro trabajo que algunas otras corrientes pasan por alto, si nos guiamos con ciertos autores ampliamos significativamente el espectro de padecimientos que podemos comprender y analizar. Adicionalmente, ciertas perspectivas se prestan a tener un mejor diálogo con otras disciplinas afines a nuestro campo, y de hecho nutriéndose de las neurociencias, la antropología, la lingüística, etc., enriquecen a nuestro querido psicoanálisis.

La reflexión que propongo en este trabajo es la de comprender este fenómeno de multiplicación de perspectivas psicoanalíticas – que a mi parecer caracteriza al psicoanálisis actual – no solamente como la consecuencia lógica y progresiva del avance de una ciencia joven como es la nuestra, sino como la consecuencia de un modo de comprender el conocimiento que afecta todas las expresiones socio-culturales contemporáneas, la posmodernidad.

Además cabe aclarar que estaré haciendo mayor énfasis en el aspecto teórico del psicoanálisis, en las explicaciones metapsicológicas que dan cuenta del trabajo que se realiza en la clínica, que si bien se nutre de la experiencia dentro del consultorio de cada uno de los psicoanalistas, no es lo mismo, sino que resultan de una elaboración y sistematización posterior dependiente de las diferentes lógicas, contextos sociales, culturales, etc.

El psicoanálisis bajo el lente de la modernidad y la posmodernidad.

Para entender mejor la diferencia en el modo  en que se comprende el conocimiento desde la perspectiva moderna y la posmoderna, podríamos decir que mientras en la primera  domina la idea del progreso histórico – todo tiempo futuro es mejor que el pasado – a través del cual nos acercamos cada vez más a la verdad, en la posmodernidad impera la negación de cualquier criterio preestablecido de juicio, lo que niega la posibilidad de pensar en progreso al no haber parámetros válidos para establecerlo, favoreciendo la relativización de todo conocimiento.

Cada quien puede ir tomando partido frente a este par de perspectivas, ejemplificándolo en el campo del psicoanálisis, la idea del avance de esta disciplina a lo largo de los años posteriores a Freud, parte de una visión moderna acerca del conocimiento. Aún más, habrá quienes piensen – de forma tradicionalmente moderna – que el progreso se ha traducido en una mejor comprensión de la psique humana, puesto que a lo largo de más de 100 años el psicoanálisis se ha acercado más a conocer la verdad de lo inconsciente, o que el avance en nuestro campo se expresa en la diversificación de teorías que muestran distintos ángulos que nos permiten comprender más sobre nuestros pacientes.

En contraste, desde la perspectiva posmoderna no se parte de la idea de progreso como una evolución a un estado más acabado, perfecto y/o exacto de nuestro saber científico, sino como el mero desvanecimiento de criterios fijos y establecidos en la práctica psicoanalítica, de la diversificación de corrientes psicoanalíticas, cada una con su propia manera de comprender los fenómenos inconscientes. Si la modernidad rompió las cadenas de la tradición, la posmodernidad – llevando a sus últimas consecuencias el movimiento moderno – rompió con los paradigmas de la propia modernidad, en realidad con cualquier paradigma que pretendiese establecerse como tal.

En términos más prácticos lo que digo es que la fragmentación y multiplicación de los discursos y corrientes psicoanalíticas hoy en día es un fenómeno derivado del influjo posmoderno contemporáneo. Felipe Flores, psicoanalista del CPM menciona en un texto sobre la posmodernidad que “A la imago mundi del mundo premoderno, le sucede una visión descentrada, diferenciada en compartimentos, subsistemas, cada uno con su lógica propia y su particular sistema de valores. Así crece y se multiplica el número de explicaciones no sólo del funcionamiento sociopolítico, sino de la realidad y de la vida.” (Flores, 2004)

Si cada corriente psicoanalítica gira sobre su propio eje, sigue su propia lógica y se transmite según su propio idioma entonces sucede un desprendimiento y una fragmentación respecto al discurso psicoanalítico como un todo. Así como en una gran corporación trabajan cientos de micro especialistas en distintas áreas, los psicoanalistas contemporáneos nos hacemos expertos en un teórico o en una corriente; tomando en cuenta la expansión y multiplicación de perspectivas posibles que nos esperan a lo largo de las siguientes décadas, por supuesto que cabe preguntarse si el psicoanálisis se está fortaleciendo o en realidad se está debilitando en el curso de este proceso.

Con la intención de brindar un poco más de contexto al cambio de paradigma que implica la posmodernidad, el mismo puede entenderse como un efecto del desaliento generalizado sobre los ideales modernos del progreso – científico por ejemplo – que no llevaron a la humanidad a un estado superior respecto al pasado, sino que inclusive lo pusieron al borde de su propia extinción.

La supuesta objetividad – racional o sensible – a través de la cual el hombre construía el conocimiento y su visión de la realidad se colocó al centro de los debates filosóficos, la sospecha sobre la razón de Nietzsche – cuyas ideas compaginan en gran medida con las de Freud – así como las ideas de Marx sobre como cualquier teoría del conocimiento es una teoría social en tanto toda experiencia humana es mediada por otros, fueron parte de la base de la crítica a la capacidad del hombre de conocer la realidad.

En palabras de Giddens “No hay ya fundamentos seguros para conocer ni lo natural ni lo social. Las certezas dogmáticas de la modernidad que se opusieron a las certezas dogmáticas de la tradición nos han abandonado dejándonos en la incertidumbre.” (Giddens, 1997)

La incertidumbre frente a las grandes explicaciones ha llevado a que el enfoque posmoderno se concentre en el micro contexto, el criterio local, y la lógica singular, dando prioridad a lo multívoco y lo diverso. Evidentemente lo posmoderno, con su espíritu liberador, ha abierto nuevas posibilidades con efectos alentadores, por ejemplo: el reconocimiento de la diversidad teórica en psicoanálisis, la apertura a nuevas perspectivas, la inclusión de otros profesionales no médicos en los institutos de formación psicoanalítica, y qué decir de la proliferación de escuelas psicoanalíticas afiliadas y no afiliadas a la API (Asociación Internacional de Psicoanálisis).

Sin embargo esta cosmovisión también conlleva conflictos: “En resumen el problema es… la relación entre lo uno y lo múltiple, entre globalización y etnificación de la cultura, entre internacionalización y fragmentación, entre tolerancia de las diferencias y uniformización colonizadora de la cultura. Entre lo pretendidamente unívoco y lo desesperadamente equívoco.” (Flores, 2004)

Si la multiplicación de teorías y formas de trabajar como psicoanalistas nos aísla del resto del quehacer científico – ya no digamos en otros campos, sino en el mismo seno psicoanalítico – ocurre un fenómeno de mutua relativización del conocimiento, un paradójico adelgazamiento del cuerpo teórico sólo proporcional a la extensión de su expansión.

Además, este fenómeno no sólo tiene implicaciones epistemológicas para el psicoanálisis, sino que genera diferencias políticas por la posesión de “la verdad”. Cuando estas no generan acaloradas diferencias que nos fragmentan más, se expresan en una silenciosa indiferencia hacia lo que sucede fuera de nuestro medio más inmediato, aislándonos cada vez más en nuestro micro contexto.

El psicoanalista posmoderno.

En otro sentido, vivir en una sociedad con ideales posmodernos no sólo nos afecta en nuestra labor como psicoanalistas, sino también en el plano más personal y privado. Así nos vemos afectados del mismo modo que el resto de la sociedad en la que vivimos insertos: “…todo se mueve, nada permanece, no hay futuro ni pasado que sirvan como referentes, el tiempo y el espacio se han modificado, la vergüenza y la culpa han trastocado su lugar tradicional, y cada día hemos de vivir decidiendo cómo hemos de vivir el día siguiente.” (Flores, 2004)

Si todo a nuestro alrededor es efímero, la construcción de nuestra identidad – como la de cualquier otro contemporáneo – es un proceso en continua reconstrucción y actualización. No basta sabernos psicoanalistas, pues dicha categoría ya no dice mucho acerca de nosotros, la identidad que brinda la pertenencia está bajo constante presión y cambio. Esta es una de las razones por las que creo que las disputas y descalificaciones entre psicoanalistas de diversas corrientes, y hacia científicos de otros campos, se extienden más allá de las diferencias teóricas y/o clínicas, pues la constante lucha por mantener una identidad psicoanalítica y/o personal impide la búsqueda de consensos entre diversos grupos; la lucha por ser alguien, en este caso psicoanalistas.

Si bien en México aún no vivimos en una sociedad posmoderna como tal, también vivimos sus efectos por vía de la globalización del conocimiento que sí proviene, en muchos casos,  de sociedades con dichas características. Así estamos familiarizados con los escritos sobre los cambios en las patologías que aquejan a los pacientes, el giro tendiente hacia la comprensión del narcisismo, el paso del predominio de la neurosis hacia los estados preedípicos, y las consecuentes modificaciones técnicas para atender las demandas contemporáneas.

Sin pretender cuestionar o poner en entredicho la relevancia y pertinencia de este cambio en el enfoque psicoanalítico, también pienso que al transformarse y adaptarse a las manifestaciones personales, sociales y discursivas actuales, el psicoanálisis puede haber sufrido una especie de mimetización con la fragmentación y aislamiento característico de aquello de lo que intenta dar cuenta.

Para contrarrestar esta tendencia expansiva y centrífuga del psicoanálisis, creo que podemos recurrir a conceptos que se han desarrollado como el “pensamiento complejo” de Morin y tomar nuestra propia teoría como objeto de estudio, pero más allá del camino exacto a seguir, en esencia lo que considero importante es hacer énfasis y destacar no sólo en las diferencias, sino en las analogías que existen entre las diversas corrientes psicoanalíticas.

Emprender un proyecto de integración, más allá de meros reduccionismos y préstamos teóricos, sin la pretensión de brindar una gran teoría unificada que sólo sería una ilusión idealista. “Es necesario, pues, postular junto a la diferencia, la semejanza; junto a la inconmensurabilidad, lo conmensurable; junto a lo propio, lo común… Es necesario, pues, afirmar entre lo unívoco y lo equívoco: lo análogo.” (Flores, 2004)

No me parece producto de la casualidad que una de las tendencias en el psicoanálisis contemporáneo sea el énfasis en el vínculo intersubjetivo, ya sea desde perspectivas etnológicas como la teoría del apego, de las ciencias cognitivas como la mentalización, o desde perspectivas francesas como los  “procesos terciarios”. Además del desarrollo técnico de herramientas intersubjetivas como la contratransferencia, el reverie o el “enactment”.

La tendencia a buscar la analogía – más no la identidad – en la experiencia con otro significativo respeta la diferencia irreductible que existe entre cada uno de nosotros, nuestro inconsciente y nuestra subjetividad, al mismo tiempo que encuentra un terreno común en el que se desarrolle una experiencia en común, misma que posibilita el intercambio entre dos sistemas, que de otro modo, parecerían cerrados entre sí.

Es así que hablando de analogías, considero que esta misma búsqueda de terrenos comunes de desarrollo, que no pretendan unificar criterios, sino caminar sobre una base compartida, es lo que el futuro deparará al psicoanálisis.

Bibliografía

Flores, F. (2004). Psicoanálisis en la era de la posmodernidad. En J. Vives, Psicoanálisis y Posmodernidad (págs. 18-63). México: ETM.

Giddens, A. (1997). Modernidad e identidad del yo. Barcelona: Península.


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